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lunes, 2 de agosto de 2010

Yo tenía un blog...

Es una de las frases que más me vienen a la cabeza últimamente... "Yo tenía un blog". Y con ella me viene a la cabeza todo el tiempo ha pasado desde que un día decidí probar suerte y escribir algo medianamente coherente que fuera visible y accesible para todo aquel que quisiera verlo. Y la experiencia me gustó.

Tras ello vino une época incluso en la que me lo tomé en serio. O al menos todo lo serio que se puede tomar uno el tratar de hacer humor. Escribí una serie de ¿monólogos? con cierta regularidad de los que me siento satisfecho (orgulloso me parece demasiado decir, sobre todo releyéndolos años después), y que me permitieron recibir algunas felicitaciones de personas anónimas, ajenas a mi entorno. No muchas evidentemente, pero las suficientes como para sentir la agradable sensación de que a alguien considera divertido algo que has hecho con tal fin.

Después de eso me dí cuenta que la constancia y el esfuerzo que me requería llevar a cabo esos textos estaban consiguiendo que perdiese mi afición por ello, así que decidí cambiar de objetivo. Pasé a usar el blog como vía de escape... una columna de opinión donde expresar mis sentimientos y opiniones, mis decepciones, mi alegría o mi más profunda indignación. Y todo ello intercalado con la constante de publicar dibujos de cosecha propia ocasionalmente.

Y precisamente esa afición que me acompaña desde niño por dibujar (¡o por intentarlo!) me llevó a empezar a dibujar alguna tira cómica non sequitur, e incluso plantearme la idea de hacer un comic completo, con una historia entera a desarrollar en episodios. Sin embargo, cada vez que intento dimensionar el esfuerzo que conllevaría me doy cuenta que no es una golosina con la que saciar el capricho de una tarde tonta de domingo. Me topo con la realidad del trabajo necesario para llevarlo a buen puerto y postergo indefinidamente la decisión final de si intentarlo por no querer creérmelo del todo... por si en algún momento la evaluación acaba determinando que ese esfuerzo me compensaría.

Y así llegamos al dia de hoy, donde cumplen ocho meses desde que publiqué mi última entrada. Última entrada que ya había sido bastante descafeinada. ¿Y entonces? ¿Qué pasa? Pasa que llevo un tiempo que me noto dando bandazos como un niño caprichoso, no acabando de decidir donde quiero invertir mis esfuerzos. Queriendo abarcar mucho, y por ende, apretando poco. Y desaprovechando y derrochando ese bien cada vez más escaso y más valioso que es el tiempo.

No obstante, no he estado de brazos cruzados todo este tiempo. Pese a todo, he empezado a hacer cosas que quería hacer y de las que espero empezar a ver resultados pronto. Y he hecho propósito de recuperar viejos y saludables hábitos descuidados, como puede ser volver a escribir con cierta regularidad. No sé sobre qué, pero ya va siendo hora de recuperar la capacidad de improvisación que antes explotaba tanto. Hay que ponerse manos a la obra...

martes, 15 de diciembre de 2009

Reflexiones Fin de Carrera

Pues nada, este viernes pongo punto y final a mi trayectoria universitaria y me quito de encima, de una vez por todas, la losa que ha supuesto el proyecto fin de carrera.

Empecé el proyecto con un enorme entusiasmo, pero por diversas circunstancias (las más graves ajenas al propio proyecto), el desarrollo se fué extendiendo más de lo inicialmente previsto, la moral fué decayendo, y el interés mermando. Empezó a acompañarme permanentemente la sensación de estar permanentemente cansado, junto a otros sentimientos nada agradables y que no deseo para nadie.

Vi desmoronarse el mundo a mi alrededor, todas las cosas que siempre había dado por sentadas. Nunca he sido una persona insegura, y en cambio perdí gran parte de la confianza que tenía depositada en mi mismo. La cabeza siempre ocupada en otras cosas, incapaz de concentrarme en trabajo alguno... y sin embargo aún intentándolo. Porque hay cosas que no estan en manos de uno arreglarlas, y sólo queda sobreponerse a la impotencia que te provocan... Pero cuando hay una espinita que te molesta y sólo depende de tí, hay que hacer todo lo posible por arrancarla.

Tocó apretar los dientes y tirar adelante. En la vida y en el proyecto. En el proyecto he conseguido el objetivo planteado. En la vida me queda mucho por conseguir, espero. Pero de momento he recuperado la confianza y, pese a las dificultades, también las ganas de reír, de divertirme y de disfrutar. Y voy a hacer todo lo posible por conseguirlo.

En realidad no planeaba escribir nada de lo que he escrito. Ni siquiera estaba pensando en todo eso. Y sin quererlo, ahí esta. Lo que al principio iba a ser un "el viernes presento el proyecto... y de paso aquí os dejo un dibujaco que acabo de hacer" me ha quedado más largo de lo que podía imaginar. Supongo que son esas cosas que a veces uno necesita decirse a sí mismo.

No obstante eso no cambia lo del dibujaco caricaturesco. Ahí queda.

miércoles, 30 de julio de 2008

La historia interminable

Desde muy niño hay algo que siempre he querido hacer y aún a día de hoy no he conseguido: Contar una historia. No me refiero a un cuento breve de unas pocas páginas (cosa que ya he hecho alguna que otra vez con mayor o menor éxito), sino a una historia completa, dilatada, con personajes carismáticos de personalidad bien definida que provoquen diversas emociones en el lector, desde el afecto al odio. Una historia con inesperados vaivenes en la trama, que sorprenda, que interese, que incite a continuar. Sin embargo eso me he venido dando cuenta con el tiempo que no es nada sencillo, porque muchas han sido las obras (en diferentes ámbitos) que he conocido, y entre ellas sólo un puñado me han hecho disfrutar tanto que he llegado a admirar y envidiar por partes iguales a sus autores.

Mentiría si dijese que nunca lo he intentado, porque han sido muchas las veces que he empezado a escribir algo que no he conseguido terminar. Antes o después (la mayoría de las veces más antes que después) he terminado desechando los textos donde comenzaban a entreverse los vestigios de una historia. Por simples, por burdas, por inverosímiles, por ñoñas, por faltas de originalidad e inspiración, por la incapacidad de plasmar de forma fidedigna en el escrito las ideas en mi cabeza. Las razones han sido muchas y muy variadas, pero todas han tenido las mismas consecuencias: papeles arrugados abarrotando la papelera.

Hablan los escritores del terror al papel en blanco. Sinceramente eso a mí me parece una chorrada. El papel en blanco no tiene la capacidad de infundir miedo. Es un punto de partida único y común para todos. Un origen incalificable, imposible de criticar positiva o negativamente, un comienzo sin juicios previos. El miedo no lo infunde el papel en blanco: lo infunde pensar si una vez lo hayas emborronado con tu historia estará peor que al comienzo.

Posiblemente ésta es la razón que me ha hecho interesarme tanto por los videojuegos. Porque las historias que me han sorprendido y conmovido no sólo las he visto en los libros. Muchas veces me he sorprendido a mí mismo envidiando a los guionistas de un videojuego. Pensando en la auténtica obra maestra que es la historia de la que estoy disfrutando, dándome cuenta de que merece ser conocida y sintiendo lástima por todos aquellos que no han disfrutado de ella. La principal razón por la que desde mi vida académica he venido preparando mi futuro profesional en ese mundo no es porque quiera hacer un "Guitar Hero" o un "Brain Training" (¡Hala! Dos nombres de videojuegos de éxito... si ahora digo "tetas" las visitas desde Google se dispararán... =P). Quiero colaborar a crear una gran historia y hacerla llegar a la mayor cantidad de gente. Poner mi granito de arena para llevarla a cabo y sentirme orgulloso por ello. Quizá así en cierto modo vea cumplida mi ambición.

Mientras tanto seguiré intentándolo. Cada noche me meto en la cama y mirando al techo trato de bosquejar en mi cabeza historias y personajes que nunca terminan de convencerme. Seguiré desechando unas por simples y poco inspiradas, y a los otros o bien por falta de carisma, por "planos" o porque a veces quizá muestren una línea de carácter demasiado a mí mismo. Porque aunque dicen los autores que en sus creaciones es inevitable dejar un poquito de tu propia esencia, es algo que no deja de incomodarme. El miedo a que quien no te interesa te conozca demasiado a través de tus personajes es algo que me aterra. El desnudo del alma que dicen (más, más visitas... mwahahaha)... y ese es un tipo de desnudo peligroso. Y no me vale escuchar el socorrido "hazlo para ti mismo sin importar lo que piensen los demás". Eso es una gran falacia, un embuste. Porque igual que los trucos de un mago sólo se convierten en magia cuando se hacen ante un público (para él en solitario sólo son juegos de manos y artimañas), las historias se escriben para los demás, no para uno mismo. Y antes de ese público yo seguiré siendo un feroz censor para un inepto autor.

sábado, 26 de abril de 2008

Fetiches personales

Todos somos un poco fetichistas, y no me refiero al ámbito sexual. Tras esta primera frase que me proporcionará innumerables visitas desde consultas guarras en Google aclarar que me refiero a que todos tenemos algún objeto o prenda al que, al margen de resultarnos útil o estéticamente bonito, le tenemos un especial cariño que lo vuelve insustituible.

Recuerdo un pequeño peluche que tenía de pequeño. Un pequeño perro marrón de nombre Tristón (nombre comercial, no lo bauticé yo) con el que desde que nací dormía cada noche. Un día en el Catecismo (sí, incluso los que no somos precisamente ejemplos de Fe tenemos un pasado) la tutora nos invitó a llevar el próximo día nuestro peluche favorito a la clase. Yo, como no podía ser de otra manera, decidí que Tristón debería ser el elegido. Sin embargo tristemente ese mismo día a la salida de la Catequesis cuando bajaba las escaleras de la mansión de estilo barroco que acogía las clases entre la multitud de niños se me escapó de la mano el peluche, y pese a mis esfuerzos, nunca más volví a encontrarlo. Pese a contar casi con nueve años no fueron pocas las lágrimas que vertí por aquel peluche, aunque debo confesar que en mi infancia he sido, más que sensible, llorón. Mis padres se sintieron obligados a reemplazar aquel muñeco de felpa para consolar a su hijo, pero no consiguieron encontrar un modelo similar (probablemente hubiera sido igual aunque lo hubieran encontrado) y durante mucho tiempo sentí la nostalgia de su pérdida.

A día de hoy cuento con varios de estos fetiches. El ratón del ordenador desde el que escribo tiene ya marcas evidentes del paso del tiempo. La pintura está desgastada en la zona de los botones y donde se apoya la mano, y el logotipo de la marca ha desaparecido completamente. No es un deterioro gratuito: me acompaña desde mi primer ordenador hace ya una porrada de años (¿ocho años? ¿Tal vez nueve? ¿Más? ). Aún así sigue funcionando como el primer día.

También conservo aún por ahí mi primera revista cochina, a la que no sería cabal decir que le tengo cariño, pero sí me recuerda los tiempos en los que los adolescentes de quince años no disponíamos de Internet para saciar nuestros incipientes bajos instintos. Me hace esbozar una sonrisa muda recordar aquellos días. El nerviosismo al comprarla, la tensión por la necesidad de mantenerla oculta en una casa donde era difícil mantener un secreto, la admiración de mis espinillados congéneres…

Sin embargo en la actualidad mi principal fetiche (siempre manteniendo la acepción que he mantenido durante todo el texto) es uno muy diferente: un simple pijama. Un sencillo esquijama granate y gris. Y el motivo que me ha invitado a escribir esto es que… se muere. No recuerdo desde cuando lo tengo ni tampoco cuando se convirtió en mi favorito, pero de ambas cosas puedo asegurar que hace mucho. Y pese a que estoy seguro que he crecido mucho desde entonces (estoy hablando de muchos años), sigue quedándome igual: cómodo, no demasiado suelto ni demasiado prieto. Así que he llegado a la conclusión que ha crecido conmigo. En definitiva, es una entidad con vida propia: como el traje negro de Spiderman. No obstante el pobre ha alcanzado la ancianidad de los simbiontes y empieza a acusar el paso del tiempo. Las cicatrices recosidas le empiezan a pasar factura, nuevos agujeritos surgen espontáneamente por su entramado y el color ya no es el que era. Sin embargo yo soy hombre de un solo pijama, así que aún a día de hoy sólo tengo ojos para él. No sé cuánto tiempo le quedará, pero pienso vivirlo con él intensamente hasta el final. Por eso he querido rendirle este pequeño homenaje. Para que cuando no esté su espíritu siga presente. Sólo me resta decir, mientras me golpeo con el puño en el pecho y me muerdo el labio inferior emocionado, Va por ti campeón ;_;

viernes, 11 de abril de 2008

Secretos de confesionario

Me considero una persona honrada, fiel y leal. Siempre he tratado de ser honesto tanto con los demás como conmigo mismo, y creo que quien mejor me conoce así lo considera. Además he aprendido a ser discreto cuando las circunstancias lo requieren. Es por esto que en varias ocasiones he tenido el privilegio de ser secreto confidente de aquellas personas importantes para mí que necesitaban contar algo íntimo que debía conservar la confidencialidad. No obstante, pese a que disfrutar de esa confianza y complicidad resulte agradable, en ocasiones deriva en situaciones en las que no sé cómo reaccionar.

Empatizar con una persona que se derrumba moralmente me resulta francamente arduo. No sé cómo debo actuar o qué debo decir que no suene hueco o tópico. No sé qué gesto poner o qué hacer con las manos. No sé si arrimarme o dejarle su espacio. Ese intenso deseo de consolar a esa persona para que no sufra unida a la incapacidad para actuar me provoca una desagradable mezcla entre tristeza e impotencia que se me agolpa en la boca del estómago. Porque no hay nada más frustrante que ver sufrir a quien quieres y no saber qué hacer para solucionarlo.

¿Preferiría entonces no padecer estas situaciones? Pues en realidad no. Pese a que resulte contradictorio, que alguien me estime tanto como para permitirse derrumbarse en mi compañía… me fascina. Quizá sea porque yo siempre he evitado exteriorizar delante de alguien la magnitud real de mis sentimientos. Siempre procuro interiorizarlos cuando estoy en público permitiéndome sólo reventar cuando estoy en la más estricta soledad. Por eso que alguien pueda sentirse en estas situaciones tan cómodo en mi compañía como lo estaría a solas consigo mismo me hace sentir un gran orgullo personal y me permite valorar de otro modo a esa persona y la relación que mantenga con ella.

Por eso seguiré tratando de hacer las cosas como las hago si eso sirve de ayuda a aquellas personas que me consta que se lo merecen. Porque en compañía las cargas pesan menos.

lunes, 21 de enero de 2008

El tiempo corre despacio pero pasa deprisa

Este mes aún no había escrito nada en el blog. Y eso que era un mes especial. El pasado terminó el año, y con la llegada de Enero empieza el nuevo. Y todos, consciente o inconscientemente, hacemos balance de la etapa que se cierra para afrontar la que se abre ante nosotros con espíritu renovado. Guardamos celosamente todas las vivencias agradables que hemos ido acumulando para recuperarlas cuando necesitemos que un recuerdo nos haga sonreir. Aprendemos de los errores que hemos cometido para no volver a caer en ellos. Y nos insuflamos de un sentir positivo que nos ayuda a afrontar las situaciones difíciles que se nos avecinan. En breves palabras: en mayor o menor medida, pasamos página.

Sin embargo este año me ha pillado un poco por sorpresa. Sin darme cuenta llegaron las Navidades y cuando me quise dar cuenta estaba comiendo la doceava uva frente al televisor. Y no me pareció nada especial.

De niño estaba mucho más involucrado con esas fechas. Y no me refiero simplemente a que (como todos) viviera más las Navidades. No es eso. Me refiero al cambio de año. Percibía el transcurrir de los años como algo cíclico. Cuando una fecha pasaba sentía que sólo tendría que esperar a que pasase un año para que volviese exactamente igual. Cuando un año acababa lo notaba. Notaba el pasar de las hojas del calendario, como terminaba el año abajo a la derecha para comenzar el nuevo arriba a la izquierda. Ahora en cambio percibo todo de forma continuada. Un día sucede al otro, un mes sustituye al anterior y donde un año termina comienza el otro. Vamos hacia adelante, el tiempo no forma bucles. Siento el calendario como un simple artificio. Cierto que así es, pero las cosas no son como son: son como parecen.

Y, principalmente, esta es la excusa razón por la que llevo tanto sin escribir. Soy menos consciente del transcurrir del tiempo. Me mantengo ocupado y los días se me pasan sin prestarles mucha atención, sin darme cuenta. Procuro disfrutar de los momentos que se me ofrecen sin hacer valoraciones sobre ello. No reflexiono sobre lo que ocurre a mi alrededor. En cierto modo permanezco bastante abstraído. Incluso diría que últimamente mi carácter es un poquito más cerebral y menos visceral o pasional. No sé si todo esto es bueno o malo... pero es fácil.

jueves, 22 de noviembre de 2007

Mi carácter en 2899 caracteres

Tengo 23 años. Edad suficiente para haber desarrollado una personalidad completa, haber forjado un carácter sólido que sólo se verá alterado por las manías que sobrevienen con la edad. Y sobre este carácter ya he tenido tiempo suficiente para escuchar calificativos y definiciones de lo más variopinto. Todo esto lo digo porque me he dado cuenta que, aún a día de hoy, sólo existen en torno a mí dos tipos de personas: los que no me conocen y los que creen que me conocen.

Sí, no pongo en duda que ciertos individuos puedan llegar a indentificarme en ciertas actitudes, pero las personas somos un cúmulo de facetas, y en mi caso aún mantengo muchas inéditas. Además, para colmo, el reflejo captado por los demás de otras que intento mantener en activo no se corresponden con la intención original. Y esta es una situación que provoca cierto grado de angustia.

Por ejemplo, se me ha tildado en varias ocasiones de desconfiado, y la verdad es que es posible a día de hoy que esto sea cierto. Pero como dijo Ortega y Gasset (es sólo un tío, para los despistados): Yo soy yo y mi circunstancia. Y es que yo he llegado a ser una persona tan súmamente inocente, ingenuo y cándido que tras los previsibles fiascos, decepciones y desilusiones es una reacción normal de compensación en el carácter para evitar caer en los mismos errores. Sin embargo, junto a esta desconfianza he adoptado inconscientemente otra conducta defensiva, útil en ese aspecto pero con claros efectos secundarios a largo plazo: minimizo las reacciones afectivas. Siempre procuro no manifestarme demasiado afectuoso, evito el mostrarme excesivamente ilusionado y también trato de disimular las decepciones y desilusiones. Sin embargo ésto acaba por ser una muy mala conjunción con una personalidad excesivamente sensible en el interior. Un carácter al que le afecta cualquier declaración mucho más de lo que pueda llegar a dar a entender. Contradictorio, porque rehuye el contacto pero lo anhela, que se ilusiona y desilusiona con suma facilidad sin darlo a entender... Todo porque teme más el rechazo que pueda sufrir que la soledad que pueda adoptar orgullosamente como una decisión propia. ¿Y todo eso en qué desemboca? En una clara inaptitud social. Soy torpe con las personas.

La prueba más evidente me viene vía otro recurrente calificativo: Independiente. Adjetivo rotundamente falso. Soy una persona terriblemente dependiente e insegura. Así de llano. Precisamente por tantos miedos e incertidumbres no me ha quedado más remedio que aprender a procurar no depender afectivamente de nadie. Porque para vencerlos necesito apoyarme firmemente en alguien, y esa es una responsabilidad que no me atrevo a depositar en nadie. Y no sólo por desconfianza, sino porque es una carga muy pesada e injusta para quien se atreviese a adoptarla. Así que de momento tendré que seguir recogiendo mis propios escombros si me derrumbo.

Iba a dejar el texto el anterior punto y aparte, pero me viene a la cabeza una analogía simpática... Es como la sensación de cuando pides una pizza más grande porque más gente quiere comer, pero cuando sobran demasiadas porciones escuchas "¡Eh tío! ¿A mí que me cuentas? La pizza la pediste tú". Y pese a todo, tienen razón. Así que o te la comes tú o la tiras a la basura.

En fin, llevo una semana sin salir de casa, así que mañana creo que daré un largo paseo para despejar la cabeza. Estas cuatro paredes me oprimen. Ya lo decía Mercedes Milá: las emociones se magnifican dentro de la casa...

sábado, 17 de noviembre de 2007

Sobre Lloronsos y Hamiltontos...

La Corte de Apelación de la FIA ha hecho justicia. Pese a los intentos desesperados por tratar de conseguir el título mundial de F1 como regalo para su hijo predilecto, McLaren tendrá que aguantarse el berrinche. En el otro lado de la balanza Kimmi Raikkonen, que parecía casi descartado de la lucha por el campeonato desde hacía varios Grandes Premios, ha alcanzado los laureles y un rincón en la historia de este deporte alzándose con el título más polémico desde hace muchos años.

Y es que no importa lo bueno que sea un piloto: nunca obtendrá el éxito si no tiene detrás a un gran equipo. Y McLaren, pese a tener un magnífico coche, está lejos de ser un gran equipo. Son una banda, un grupo. Se han desgañitado manifestando una filosofía que no se correspondía con la realidad. Al final, esa igualdad tan predicada sólo se ha reflejado en la igualdad a puntos entre sus dos pilotos al terminar el campeonato. Una ironía que roza el sarcasmo.

A los "cerebros" de McLaren les queda mucho que aprender de Ferrari. Ninguno de sus pilotos ha tenido o tiene quejas. Ambos se han ido alternando posiciones en el podio, sumando puntos para ellos y para su escudería. Ambos contaban con posibilidades al título... hasta que los lances de carrera provocaron que sólo Kimmi pudiera optar al título. Y entonces fué secundado por todo su equipo (incluído su compañero) para luchar contra las estadísticas. ¿Alguien ha tenido la impresión de que uno de los dos era preferido por sus jefes? No, porque aunque pudiesen existir preferencias, la profesionalidad es lo primero. Sin duda es significativo el hecho de que los dos anteriores pilotos de McLaren, Montoya y Kimmi, hayan manifestado su alegría por marcharse de tamaña pantomima de equipo asegurando que han encontrado la felicidad, uno en Ferrari y otro en la NASCAR. Y que conste que McLaren era (sí, en pasado, como el nombre de la madre de Hércules pero sin "H") mi escudería favorita por ser con la que el legendario Ayrton Senna consiguió sus tres títulos mundiales. Sin embargo ahora no me cabe ninguna duda de por qué Ferrari, como equipo, son los mejores.

Y ahora es cuando llega la parte que acapara mayor controversia por uno y otro bando: el tema Alonso. Porque fanatismos los hay por ambas partes. Que es un gran piloto nunca lo puse en duda... Ppero señores, no me cae bien Alonso. Y sí soy asturiano. Sin embargo a lo largo de esta temporada tan polémica se ha ido ganando gran parte de mi simpatía. No quiero decir que comparta ese fanatismo tan exagerado de considerar "palabra de Alonso, palabra del Señor" de la que tantos aficionados hacen gala, pero me parece mucho más aceptable un fanatismo constructivo que uno destructivo.

Por su carácter que demuestra una confianza en sí mismo que a veces roza el egocentrismo, por algunas actitudes discutibles, por ser un poco "soso" y por, pese a todo, haber conseguido grandes éxitos, Fernando Alonso se ha ganado la antipatía de mucha gente en su mismo país. Y así es como mucha gente que en su vida había visto la F1 (de hecho gran parte son demasiado jóvenes para tener memoria histórica) se ha "aficionado" a este deporte por el poder mediático de una sola persona. Porque lo contrario del amor no es el odio, sino la indiferencia. Y nadie es indiferente a este muchacho.

Es habitual escuchar improperios y variados descalificativos nada fundamentados por foros y páginas de noticias deportivas. Gente que de forma tan absurda "odia" a un piloto que realmente es el responsable de su afición. Referente al tema del espionaje de McLaren a Ferrari se leen perlas que provocan risa. Si unimos la historia tejida entre muchos queda tal que así:

...Fernando Alonso, un ex-piloto de carros de vacas en su pueblo natal, coge un coche de Fórmula 1 de Renault con piloto automático y propulsor de un cohete de Cabo Cañaveral y gana dos títulos mundiales consecutivos porque no sabe cual es el pedal de frenar. Sobrevalorado, es fichado por el equipo McLaren, donde llave inglesa en mano y manual del Ferrari F2007 de IKEA en la otra, modifica el monoplaza ante sus aterrorizados ingenieros y mecánicos, a los que amenaza. Después, y en un acto de mera cobardía, acusa a su escudería de sabotaje y espionaje a Ferrari. De este modo su equipo es castigado Sin embargo aterrorizados por el horrible carácter de Alonso por una parte, y tratando de hacer gala de su carácter imparcial proporcionan a sus dos pilotos coches idénticos el resto de la temporada. Pese a todo, el violento señor Alonso paga su frustración con su escudería y su inocente compañero. Y por supuesto, matizar que Lewis Hamilton no se salió: hizo una maniobra para no atropellar a una inocente hormiga que trataba de cruzar la carretera. Ese chico es todo corazón, capaz de donar sus órganos aún en vida...

Por favor señores... un poco de seriedad. Las evidencias todos las hemos visto. McLaren ha usado todos los métodos legales (e ilegales) a su disposición para conseguir que Lewis Hamilton consiguiera el título el año de su debut. Éste, ha conseguido convertirse en el rookie del año... un título quizá no demasiado meritorio contando con que su debut ha sido con el mejor coche de la parrilla, asesorado por la experiencia de un bicampeón mundial (por más que pese a quien le pese), con un equipo volcado con él (ya desde su infancia) y favorecido por una inexplicable cantidad de evidentes acciones sancionables en su contra no penadas. Sin embargo, le ha podido la presión y la falta de experiencia. A nivel personal también se le ha visto el plumero. Por más que intente mostrarse como el hermano de Ghandi y la Hermana Teresa el señor Hamilton es un hipócrita de aúpa. En la F1 la gran mayoría de los pilotos, al menos de los punteros, tienen un carácter vanidoso, presuntuoso y pedante. Desde Michael Schumacher a Lewis Hamilton, pasando por Alonso, Raikkonen, Massa, Fisichella... pocos escapan de la lista. Hasta el propio Senna, venerado por todos tuvo alguna salida de tono muy reprochable, llegando a dar un puñetazo a Eddie Irvine.

Para acabar me gustaría mencionar unas palabras del presidente de la FIA, Max Mosley, de hace sólo unas semanas. Atención a la perla:

"Si repite la misma temporada el próximo año tendrá un gran impacto. Eso tendrá un efecto negativo porque tendremos un nuevo efecto Schumacher donde la gente se quejará y me pedirá que haga algo para ralentizarle", explicó Mosley.

¡¡DIOS MÍO!! ¡¡IMAGINAOS QUE VUELVE A QUEDAR 2º!! ¡¡QUE BARBARIDAD!! ¡¡ARRASARÁ CON LOS SUBCAMPEONATOS!! Por favor... alguien debería explicarle que el 2º puesto es el primero de los que no ganan. Que el que se lleva el premio es el primero. Y que ya ha habido más pilotos que han quedado subcampeones en varias ocasiones... pasando por Kimmi, el actual Campeón del Mundo. ¿Alguien se ha llevado las manos a la cabeza? Michael Schumacher se ha llevado siete campeonatos... algo "un poco" más significativo que un subcampeonato, en mi opinión. Lo peor, es que el inglesito de Mosley seguro que se lo cree.

En fin, yo seguiré practicando en los karts...





P.S.: He editado la entrada a 20-11-2007 al darme cuenta que al transcribirla aquí faltaba un párrafo, que aquí había quedado sustituído por unos angulillos. Cosas de blogger.

martes, 30 de octubre de 2007

Sin rumbo, coraje ni prisa

¿Qué te pasa? Siempre la misma pregunta que recurrentemente vuelve a mi cabeza, y siempre para quedarse una temporada. Inútil, estúpida e innecesaria... ¿Por qué esa pregunta? ¿Por qué si no quiero pensar en las razones de la respuesta? ¿Por qué si ya las conozco?

Siempre la misma rutina. Un día cualquiera, y sin buscarlas, encuentras de golpe las respuestas que no quieres escuchar a las preguntas en las que evitas pensar pero siempre permanecen en tu cabeza. Porque es muy fácil vivir de la fe (no la beata, sino la que todos tenemos y situamos entre la confianza y la esperanza), pero muy difícil mantenerla cuando se desmontan sus argumentos. Y mucho más cuando, con facilidad y sin pretenderlo, es uno mismo el que lo hace. Cuando sentado a tu frente una imagen de tí mismo, sarcástica y de sonrisa burlona, humilla tus ilusiones. Y durante el tiempo que te acompaña ves con cristalina transparencia la realidad sobre lo que te rodea. Y echas mucho más en falta ciertas cosas. Sin dudas ni titubeos lo admites todo como la verdad única. Y tratas de asumirlo, aunque cueste y duela.

Así pasan varios días, arrastrando los pies más de lo habitual y disimulando con hipócritas sonrisas de medio lado. Donde lo mejor es evitar todas las conversaciones posibles porque hablar con alguien es un ejercicio agotador. Donde todo lo demás da igual. Hasta que un día algo fútil consigue alejarte de tus pensamientos y que los olvides como olvida un niño travieso el sermón de sus padres. Al menos temporalmente, hasta su vuelta inesperada.

¿Quién iba a pensar que la persona más cruel conmigo mismo podría ser yo?

jueves, 11 de octubre de 2007

Mientras me barro los pies...

Tengo veintitrés años. Aún muy joven, pero poco a poco me arrimo a la barrera de la madurez. Sino metal, al menos física. Y cuando uno va alcanzando la madurez, a su alrededor empiezan a surgir conversaciones nunca antes siquiera planteadas, que se repiten cada vez con mayor habitualidad…

Por alguna extraña razón hay una conciencia social que dice que para que la vida de una persona esté completa debe casarse y tener al menos un hijo (siendo recomendable dos), habiendo alcanzado así su meta exigida de familia feliz. Y esta conciencia además apremia a que consigamos estos objetivos con premura, dado que cuanto antes los alcancemos, antes podremos disfrutar del que sin duda debe ser el nirvana de nuestra existencia. Pues para variar, y como se intuirá por el tono utilizado, un servidor discrepa con estos principios.

El matrimonio. Me resulta cómico que mucha gente alegue a él como un estado superior de enamoramiento. Como alegando que casándote llevas la ternura y la pasión a un nivel superior. Por favor. Quizá no sea la persona más experimentada para hablar de ello, dado que aún a mi edad nunca he tenido una relación estable con una muchacha, pero sí tengo las ideas suficientemente claras para saber que si estoy enamorado de una persona, lo estaré independientemente del estado civil. No dudo que, al hacerme feliz, querré compartir todo el tiempo que me sea posible con ella. Y pondré todo lo que haya en mi mano para que ella sea feliz conmigo. Pero a la ley nada le importa eso. Es (y debe ser) algo entre nosotros. Porque, ya llegados a este nivel, la R.A.E. dice del matrimonio:

matrimonio.(Del lat. matrimonĭum):
1. m. Unión de hombre y mujer concertada mediante determinados ritos o formalidades legales.
2. m. En el catolicismo, sacramento por el cual el hombre y la mujer se ligan perpetuamente con arreglo a las prescripciones de la Iglesia.

Ritos, formalidades legales, unión perpetua, prescripciones de la Iglesia… pero de amor nada. La Iglesia habla mucho y predica sobre el amor, me podéis decir. Sí, por supuesto, pero de forma ambigua y demasiado hipócrita para mi gusto. ¡Ay, con la Iglesia hemos topado!

No es de esto de lo que quiero hablar, así que no profundizaré mucho, pero hay que abrir los ojos a la realidad. La Iglesia es una institución antigua y anticuada (que no son necesariamente sinónimos), intolerante, apoyada en valores machistas, que defiende la jerarquía… Surgida en la Edad Media, y lamentablemente apenas evolucionada desde entonces. La Iglesia siempre ha sido un instrumento para proteger los intereses de las clases dominantes sobre el proletariado, el pueblo llano. Por eso la Iglesia siempre ha defendido los valores que fomentan el crecimiento del pueblo dominado, consiguiendo así más siervos, mano de obra… condenando las aptitudes que impiden este crecimiento. Por supuesto, el suicidio es pecado. El aborto es pecado. No deben usarse métodos anticonceptivos… El matrimonio es una herramienta más para garantizar esos intereses. Y la boda… un reclamo.

¡La boda! Lo cierto es que mucha gente por lo que se deja obnubilar no es por la idea del matrimonio en sí. Sí conocen el concepto, pero la idea que les embarga de bienestar es la de la celebración de la boda. Un día de placer y regocijo. Una celebración tan hermosa. ¡Qué guapa iba la novia! Maravillosa, preciosa, perfecta… Palabras que resuenan del pasado en nuestra cabeza. Por supuesto, un anzuelo con un cebo muy apetitoso para picar. Decoran lo que te convencen de que será tu futuro de una forma tan inmaculada que no puedes dejar de desearlo. Quizá egoístamente, todos quieren para sí una ceremonia como esa. Y seguramente para muchos es la prueba irrefutable y concluyente de que el matrimonio te procurará la felicidad.

Y por último, los hijos. No voy a criticar en absoluto la decisión de tener hijos, pero creo que debe tomarse responsablemente. Tener un hijo conlleva un compromiso enorme y constante, por lo que antes de aceptarlo creo que debes plantearte dos aspectos. Primero: ¿he vivido para mí lo suficiente? ¡Aprovecha la juventud! ¡Trata de alcanzar tus sueños antes de luchar por los de tus hijos! ¡Escápate! ¡Disfruta! ¡Vive tu vida antes de tener que vivir la de otra persona! Eso es para mí alcanzar tus metas en la vida. Y lo segundo: ¿estoy en las mejores circunstancias para tener un hijo? Porque un niño no es un juguete, y si no estas en las mejores condiciones y lo tienes sólo para saciar tu ansia egoísta, al final se traducirá en sufrimiento en mayor o menor grado para el pequeño, inocente de tus actos.

En conclusión, y ésta vez no hablaré de forma general, sino personalmente y refiriéndome únicamente a mí persona. No planteo casarme. No a corto o medio plazo al menos. Ahora quizá queráis llamarme hipócrita por plantearme siquiera la posibilidad de hacerlo. Pero lo cierto, es que sí hay razones que podrían llegar a convencerme. La primera es que, una vez habiendo conocido a una persona, habiéndome enamorado de ella, habiendo convivido con ella largo tiempo, y en definitiva, habiéndome convencido que no hay lugar mejor que a su lado, quiera dejar testimonio legal de que somos pareja. Por si algo me ocurriera, cederle ciertos derechos (sobre lo que en realidad ya ha sido mutuo) ante la ley. La segunda y última razón que se me ocurre ahora (quizá haya más) es porque casarse fuese algo importante para mi pareja. Por tanto, estando plenamente convencido de que esa persona me hace feliz, sin duda cedería a hacerla feliz concediéndole ese anhelo. Y ahora quizá alguien me quiera acusar de frío, de carente de romanticismo… y estaría completamente equivocado. Lo que pasa es que mi idea de romanticismo pasa por que una persona, a la que no le ata ninguna circunstancia legal o de otro tipo, siga a mi lado en todo momento. Saber que puede marcharse en cualquier momento sin rendir cuentas a nadie, y no lo hace. Y tratar de sorprendernos uno al otro en cada momento. Y conocernos completamente y sin embargo seguir aprendiendo cada día algo nuevo uno del otro. Y poder mirarnos con los mismos ojos que al principio. Y poder compartir esa pícara complicidad sin que eso convierta en predecible el uno al otro… Eso es algo que mantener día a día. En cualquier caso, estos pensamientos ya divagan un poco acerca del tema inicial, que era mi idea de la familia feliz, y no mi idea del amor (que quizá trate en otro momento). Sin embargo, el que piense que por someterse al santo sacramento del matrimonio queda exento de estos deberes es un necio sin lugar a dudas. Y por último, respecto a los hijos. Es algo que no quiero plantearme ahora mismo. Soy muy joven, y tengo mucho por vivir. Aún tengo mucho que luchar por mis sueños, y disfrutar de mi vida antes de responsabilizarme de la de otra pequeña persona. Eso no quiere decir que lo descarte. Quizá en el futuro, si encuentro a la persona adecuada y habiendo ya podido disfrutar de nuestras propias vidas intensamente, pueda pasar a considerar un hijo como un motivo de alegría y no como una pesada carga o responsabilidad. Pero a ese día le falta mucho por llegar. Antes tienen que pasar muchas cosas. Quiero seguir mi propio camino, y no el que otros marcan para mí.




P.S.: Esta entrada me ha quedado muy larga y un poco densa. Espero al menos haber sabido expresar correctamente lo que opino para no ser malinterpretado.

viernes, 28 de septiembre de 2007

Garabatos de grafito

Ya tocaba actualizar, y ante la ausencia de un motivo, una musa o simplemente ganas de filosofar (todavía no lo tengo muy claro), esta vez me decanto por publicar otro dibujo. Aunque soy plenamente consciente de mis limitaciones en este aspecto, procuro siempre hacerlo lo mejor posible (como todo en lo que me involucro) esperando suplir con persistencia y práctica la escasez de talento. Además, en mi opinión, dibujar no es sólo un ejercicio artístico. Nos permite conocer mejor la naturaleza humana, no sólo a nivel físico, sino también emocional. Para dibujar no basta con conocer y aplicar bien las proporciones, sino saber transmitir emociones y sentimientos a partir de gestos y actitudes. Ésto podemos aplicarlo luego a nuestras vidas, transformando esa capacidad de observación en cierta empatía con las personas. Y esa es al fin y al cabo el objetivo que todos buscamos, incluso alguien tan socialmente inepto como yo. Todos buscamos el reflejo y el complemento de nosotros mismos en los demás. Queremos sentirnos comprendidos y queridos. Y para ello lo primero es necesariamente comprender y conocer a los demás. En cualquier caso, alcanzar a comprender y empatizar con alguien no implica que sepamos actuar en consecuencia... pero es un paso obligado.

En fin, la muchacha en cuestión empezó tomando como modelo a una famosa, pero en vista de que el resultado final se parece tanto como un percebe a un centollo, no tiene sentido decir quien era.

P.S.: Al final, y sin darme cuenta, he filosofado más de la cuenta...

sábado, 1 de septiembre de 2007

C'est la vie!

Está claro que cuando estamos a punto de dar un gran paso hacia adelante es cuando más propensos somos a volver la vista atrás. A recordar los acontecimientos o sentimientos que nos evoca el cambio. Así es como, a escasos diez días de examinarme de la última asignatura de mi carrera, peleando con matemáticas puras (fiel reflejo de lo que ha sido ésta diplomatura), no puedo evitar esbozar una tímida sonrisa amarga al recordar lo mucho que ha pasado desde que comenzó mi andadura y como han cambiado mis intenciones y mi carácter desde entonces.

Tiempo antes del 2002, año en el que comenzaría mi aventura académica, ya tenía clarísimo los estudios que quería cursar. Ni un atisbo de duda ensombrecía mi determinación. Quería hacer periodismo. Concretamente, quería llegar a ser reportero, corresponsal en el extranjero. Sin embargo esa autodeterminación provocó que la frustración fuese mayor cuando supe que dichos estudios estaban lejos de mis posibilidades. No académicamente, donde a riesgo de parecer vanidoso diré que creo que tendría sobrada capacidad para desenvolverme, sino de forma literal: las Universidades más cercanas aún estaban fuera de la provincia, donde mantenerme estaba lejos del alcance económico de mi familia.

Así que tuve que buscarme una alternativa más asequible. Aconsejado de cara a la salida laboral de cada profesión, cursé el bachiller de ciencias con optativas de ámbito científico-técnico. Para cuando acababa la enseñanza secundaria ya estaba bastante claro la facultad donde iba a entrar. En realidad no puedo decir que lo escogiese... más bien me llegó. Un cúmulo de circunstancias que determinaron que Ingeniería en Informática era el camino evidente a seguir. Una profesión jóven, con futuro, con antecedentes en la familia (lo que siempre empuja), y lo cierto es que en los últimos años (los primeros de la generación de 32 bits en las consolas) había desarrollado una curiosidad creciente por saber cómo se hacían los videojuegos. Me fascinaba aprender sobre ese mundo donde se mezclaban ámbitos aparentemente tan dispares como las matemáticas, la tecnología y las bellas artes. Un mundo lejano de la aburrida contabilidad con la que siempre había relacionado los trabajos que involucraban ordenadores, más mágico, más artístico... más bohemio. Y cursar esa carrera era la única forma de saciar mi curiosidad. Digamos que seducido, me dejé llevar.

Y desde que empecé, no ha habido dos años iguales ni he conocido dos personas iguales. En tan sólo cinco años he tenido oportunidad de experimentar los más diversos estados de ánimo. La gente ha conseguido que me haya sentido arropado, cuidado, querido, mimado, sorprendido, desconfiado, decepcionado, inquieto, menospreciado, desilusionado, solo... y un largo etcétera que día a día aún sigo experimentando. Puedo recordarme soltando carcajadas despreocupadamente, y también derramando algunas lágrimas en silencio. Sin embargo, a todas las personas que me he cruzado, las que me han hecho bien y las que me han hecho mal, sólo me resta darles las gracias. Porque todas las experiencias las necesitamos, y sin ellas no se habría forjado la madurez y el carácter que he alcanzado.

Sin embargo, ahora que rozo la cima no dejo de sentir cierto vértigo tanto por lo que he pasado como por lo que ansío alcanzar. Y con la cada día creciente necesidad personal de publicar una obra literaria, me pregunto que añoro tanto de la profesión de comunicador como para considerarla aún un oficio atractivo. A poco que reflexione siendo sincero conmigo mismo, es fácil alcanzar la respuesta. Viajar, ver mundo, recibir de primera mano la información. Ser testigo de la cara más alegre del mundo y también de la menos amable. Y sobre todo poder ser capaz de interpretarlo todo, sacar mis conclusiones, poder mostrar mi punto de vista, ayudar a desarraigar cierta mentalidad hipócrita del mundo... No obstante, sería un embustero si no admitiese otro enfoque: el de llevar una vida ajetreada en la que darle pocas oportunidades a la gente. Oportunidades tanto de contribuir a mí felicidad como de defraudarme. Porque, reconozcámoslo, temo a la gente. Bueno, quizá no en el sentido estricto, pero temo no poder contar con ella. Nunca he vacilado en ayudar o defender a una persona que realmente me importe con uñas y dientes, hasta las últimas consecuencias. Sin embargo, siempre he sido reticente a que las personas alcancen conmigo un compromiso por el miedo llano a que no lo cumplan. Siempre he temido que lo que considero recíproco no llegue a serlo, aunque quizá fuere sólo por mi culpa, por mi incapacidad para expresarlo con claridad. Por eso he preferido vivir en la ignorancia y no ser siempre del todo transparente. Porque, y he aquí una advertencia, cuando se es transparente también se es tan frágil como el cristal.

martes, 29 de mayo de 2007

Lo que de verdad importa

¿Por qué la gente se toma la vida tan en serio? ¿Por qué se le da tanta importancia a las cosas que no la tienen y se le resta a las que sí? La mayoría de las personas todavía no han asumido que su tiempo es demasiado importante como para perderlo con cosas que no lo merecen. Asumir un trabajo, adquirir responsabilidades... son cosas que sólo debemos hacer para garantizarnos la calidad de nuestro tiempo de ocio. Aprendamos de una vez que debemos trabajar para vivir, y no vivir para trabajar.

Socialmente se desacredita el tiempo de ocio porque va ligado a una imagen de desecho de responsabilidades. Es un tiempo en el que se busca la felicidad personal, el placer por el placer. Y se ha creado una falsa conciencia social de que eso es malo. ¡Obscenidad!¡Libertinaje! La imagen de la persona modelo a seguir es la que busca la autosuperación en su trabajo, la realización personal. Pero es que la realización personal poco tiene que ver con el compromiso de responsabilidades. Debemos entender de una vez que la única razón por la que encontrar un trabajo es importante, es porque estamos asegurándonos una calidad de vida. Y el único tiempo realmente importante es el que dedicamos para nosotros y los nuestros. El resto debemos sacrificarlo para poder seguir gozando de la misma calidad del primero. Y es el sitio donde entra Don Dinero. No os dejéis seducir, tener más dinero no necesariamente repercute en una mayor calidad de vida. De nada sirve amasar cantidantes ingentes de pasta cuando quizá el tiempo libre que sacrificamos tenía un valor mucho mayor. Hay que tasar inteligentemente.

Mi consejo: buscad un trabajo que os guste (que sea un tiempo a sacrificar no implica que deba ser desagradable) y que os permita disfrutar de vuestro tiempo de ocio inteligentemente. Permitir que el trabajo ocupe la mayor parte de nuestro tiempo puede parecer una alternativa fácil para cuando queremos mantenernos ocupados y ausentarnos de la realidad porque quizá no es tan amable como quisiéramos. Sin embargo esto a la larga se volverá en nuestra contra. El trabajo no nos construirá una realidad mejor. Deberemos enfrentarnos igualmente a ella, y a la larga caeremos en la melancolía y desmoralización. Por eso nuestra principal responsabilidad es alcanzar nuestro bienestar. Ser felices. Ninguna otra responsabilidad debe imponerse a ésta. El resto no es más que el camino a seguir, y no la meta.

martes, 22 de mayo de 2007

El Tao del Fénix

Siempre he sido una persona muy crítica con mi trabajo. "Hazlo bien, o no lo hagas" ha sido mi máxima durante todos estos años, y presumiblemente seguirá siéndola de aquí a mucho tiempo. Por ello, también he sido siempre mucho más consciente de mis defectos que de mis virtudes. Sin embargo, si tuviera que destacar algo positivo en mi carácter, sería sin duda la perseverancia y el afán de superación. Sin eso, y lastrado por un sinnúmero de defectos e inseguridades, nunca podría haberme planteado aspiración alguna en la vida.

Todos nacemos con alguna virtud, algún talento más o menos destacable. Esas cosas, más grandes o más pequeñas, a las que con menos esfuerzo por nuestra parte podemos destacar sobre la mayoría. Sin embargo, espoleado por ese afán de superación, siempre he considerado que cualquier meta está al alcance de cuaquiera. Que con suficiente esfuerzo y dedicación podríamos alcanzar cualquier objetivo planteado. Por supuesto sería demasiado ambicioso pensar en acaparar todas las variedades de talentos, pero pensar en la posibilidad de que alcanzar uno u otro es una cuestión de decisión propia es una perspectiva halagüeña.

Sin embargo, como todo en esta vida, la mentalidad cambia (¿o tal vez madura?) con el paso del tiempo. Y cada vez soy más consciente de que las cosas inalcanzables existen. Que esas virtudes que me han impulsado durante tanto tiempo han alcanzado sus cotas, y que por mucho que las explote hay cosas que nunca conseguiré. ¿Es malo pensar así? Suena a conformismo, sumisión... y eso es algo que no creo que encaje demasiado con mi carácter ni mis motivaciones. ¿Estoy traicionando mis ideales?

Quizá sea mejor verlo desde otra óptica. Ahora soy consciente de mis limitaciones. Y el ser consciente y aceptar las limitaciones propias es un paso fundamental en la aceptación plena del yo. Nada impide seguir soñando, pero siendo consciente y habiendo aceptado la realidad. Tal vez así sea mejor. Mejor que que tu fantasía te estalle de repente en las manos y no te queden suficientes pedazos para reconstruir tus sueños rotos. Sin embargo, ¿cómo considerar algo un sueño si sujetas la ilusión y no luchas por ello abiertamente?

sábado, 19 de mayo de 2007

Monotonía de lluvia

Día lluvioso. Monotonía de lluvia tras los cristales, decía Antonio Machado. Y es la imagen que la mayoría de la gente se ha hecho de la lluvia. Compañera de días grises, de sentimientos desengañados y recuerdos que olvidar. Se ha ganado una fama que no se merece.

Me gusta la lluvia. El dulce repiquetear de las gotas cercanas, y ese inconfundible eco sordo que te envuelve. Las ondas en los charcos, los reflejos, la hierba mojada. Me hace compañía cuando camino solo. Cayendo tímida, caprichosa, como acariciándome. Y sí, probablemente triste, porque la rehuyen, la evitan, la condenan por cargos que no merece y la someten a la más cruel de las indiferencias. Se niegan a admitir sus virtudes y aceptarla tal como es. Sólo cuando os falte os daréis cuenta de vuestro error.

Mientras tanto seguiré disfrutando de su compañía. Personificándola como una figura frágil pero luchadora. Dulce, sensible y melancólica, pero tenaz y perseverante. Siempre sincera y mal interpretada. Y por mucho que se empeñen los literatos en convencernos de lo contrario, compañera perfecta de cualquier sentimiento.

Nada más que decir. Bueno sí, una cosa: dejad de empeñaros, no necesito un paraguas. =P

domingo, 13 de mayo de 2007

Sólo palabras...

Me considero una persona sincera. Y con ello quiero decir que mis palabras son reflejo fiel de lo que siento y lo que pienso en cada momento. Esa es la razón por la que doy tanta importancia a las promesas. Una promesa es mucho más que un vínculo verbal. Cuando hacemos una promesa estamos adquiriendo el compromiso de cumplirla. Quien rompe una promesa no hace más que confirmar que sus palabras no secundan sus sentimientos, demostrando su falta de sinceridad.

Hay quien habla del poder de las palabras. Dicen que las palabras pueden reconfortarte o entristecerte, relajarte o enervarte, cautivarte o lastimarte. No lo creo. El único y verdadero poder que tienen las palabras es el de la persona de la que provienen. Y ese es un poder del que nosotros mismos las dotamos. Ni el más apasionado texto literario tendría influencia alguna si no personificásemos las ideas que representa.

Esa es la razón por la que debemos estudiar con cuidado a quien dotamos con ese poder. "Un gran poder conlleva una gran responsabilidad" decía el Tío Ben. Sin embargo, mucha gente usará ese poder de forma irresponsable, sin tener en cuenta las posibles consecuencias. También habrá quién lo haga a mala fé, tratando de conseguir un beneficio propio a sabiendas de su influencia. Incluso quien no sea consciente del poder que con ello se ha depositado en su persona. Son cosas que nos pasarán factura, y habrá sido sólo por culpa nuestra.

Por eso debemos no debemos conformarnos sólo con hermosas palabras, ya que éstas deberían estar siempre respaldadas por los hechos. Las palabras vacías, carentes de franqueza, nunca podrán sostener ninguna relación o vínculo real, ya que quien no apoye sus palabras con hechos, no está siendo honesto. Por eso os recomiendo que pongáis un poco más de vosotros mismos en vuestras palabras. O mejor aún si conseguís que sobren las palabras...